SOLOS

Juan Carlos Andrés

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   La puerta se cerró y nos quedamos solos. Hacía poco que nos conocíamos y en anteriores encuentros no habíamos cruzado palabra. En esta ocasión todo seguía igual, la comunicación entre ambos se negaba a entrar en aquella lúgubre estancia. Extrañas sombras se desplazaban por un techo donde él tenía fija la mirada. Yacía hipnotizado, moviendo al compás sus pequeños brazos y  piernas. Su cabeza, comparándola al resto del cuerpo, parecía mayor y estaba pegada a la sábana por el cogote. El cabello, escaso y frágil, le había crecido de forma desigual, como un campo cuya simiente se hubiera repartido mal. Sus inquietos ojillos, que se negó a mostrar en nuestro primer encuentro, eran de un color verde té.  

   Aunque no le había dado motivos, me ignoraba de forma natural y a la vez insultante. Sólo su estado le excusaba de posibles reproches por mi parte. Me habían encargado de su vigilancia y  esperaba que ésta fuera plácida y sin sobresaltos.

   Los individuos como él nunca fueron santos de mi devoción, pero el contacto con ellos era inevitable. A lo largo de mi vida evité quedarme solo con uno, pues sabía del peligro que ello comportaba. Ahora estábamos allí los dos, él ninguneándome y yo implorando que su distracción no acabara. Si esto ocurría su reacción podía ser imprevisible, ya que este tipo de seres cambian de carácter con facilidad, siendo conocidos por una violencia despiadada que desborda sus diminutos cuerpos.

   De repente sucedió lo temido y un terrible llanto inundó la habitación e hizo ondular las paredes, transformando el seguro techo en una losa que amenazaba con aplastarnos.

En estos casos se le ha de colocar al paciente un objeto de goma en la boca para tenerlo entretenido, pero mi nula pericia unida a su rechazo insistente, hicieron que el llanto se extendiera por toda la finca y se enredara en cada uno de los pisos de sus resignados vecinos.

   Suerte que en aquél instante regresó el padre de la criatura, que había salido a hacer unas compras y de paso tomar aire, antes de volver a lidiar con su bebé. El aspecto del niño era cada vez más saludable a medida que crecía, contrastando con el de su progenitor, cuyas ojeras jugueteaban con los dedos de sus pies. Resultaba cómicamente trágico el estado de todos esos nuevos padres, desquiciados y al borde del hara-kiri. Lo triste es que ya estaban avisados parcialmente por amigos que procrearon antes que ellos, quienes les habían soltado la típica frase < un hijo te cambia la vida > ,que falsea la más real < un hijo te jode la vida >  , no mencionada para no ser los únicos pringados. Ya lo dijo Bukowski en uno de sus canallas poemas :  < ten hijos, si es que llegan, pero intenta no tener que criarlos > .

   Mientras me hallaba sumido en estas filosofadas, convenciéndome cada vez más a  ser el último de mi línea sucesoria, el lloriqueador había dado una tregua que permitió a su padre estar por mí sin estarlo del todo. El sueño le había convertido en aprendiz de zombie y, descentrado, había olvidado comprar las cervezas que prometió antes de su marcha. Su nueva salida volvió a dejarnos solos en un segundo round inesperado. Le acerqué mi índice y me lo apretó con su manita, dedicándome una cautivadora sonrisa. Tal vez ser padre no era tan malo como pensaba.

 

 

 

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