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"LA CRISIS SERÉ PASAJERA"Eso decía el diario, pero lo dejé porque Pepa, una antigua amiga, prostituta, había acudido a mi consulta.
-Pepa- dije pensativamente tras examinarle el cuerpo,- tienes el culo hecho una pena, y el resto...
-Ya lo noto, escuece un horror. ¿Qué me has echado?
-Pues un desinfectante. No escuece tanto como el yodo. En realidad, bueno, tampoco son más que unas magulladuras profundas. No requiere puntos... pero ¿es que ha has tenido un altercado con algún cliente? Bueno, si no quieres, no me lo cuentes.
-¡Ay Pedro! Siempre fuiste un tío listo. Hace mucho tiempo que no nos vemos...
-Soy un médico responsable y serio, no como cuando llegué aquí y me dedicaba a ir a tu puticlub.
-Se te echa de menos.
-Yo también me echo de menos una cosa por ahí abajo – dije.- ¡Los años no pasan en balde, Pepa!. Y el alma se serena, como decían antes en la tele, y... otras cosas también- reí amargamente.
Lo que siempre fuiste es muy miedoso.
-Soy médico, Pepa. Bueno, antes también lo era, pero ahora es distinto. Tengo consulta propia, extendí la mano señalando vagamente mi mesa de despacho y la de exploración, todo muy escueto, desde luego no denotaba prosperidad.
-Por lo que veo, no te da para lujos- respondió Pepa mientras se vestía. ¡Algún adorno, algún cuadro bonito, no esos cachivaches! ¡Unas flores hombre!
-Es que dejé el hospital. Estaba harto; pero sacar adelante una consulta cuesta mucho. Y bueno, en este sitio hay que guardar las apariencias... la mitad de los hombres de aquí supongo siguen yendo a tu club. Encontrárselos allí no es agradable.
-Hay mucha competencia, Pedro, ya lo sabes. En la carretera hay dos o tres sitios como el mío. Pero además, está la crisis. Verás: estos golpes, estas heridas que me ves, son porque un tipo me pagó...Yo no solía hacer esas cosas, ya sabes, sonrió pícaramente. A ti bien que te gustaba dar y recibir, ¿eh?.
-Si sigues así, va a entrar Eufrasia, mi enfermera. La he hecho salir por ser tú, pero algo se estará oliendo.- Recapacité- Pepa era una mujer de estatura media, cabello castaño, teñido probablemente, y todavía un buen cuerpo, macizo, tentador, cuidado y de piel suave que ella se empeñaba en decir que era por las cremas. Como todas aquellas chicas, adoraba aquellos productos de maquillaje, de resultado mas que dudoso. Era de algún lejano lugar de Portugal, muy pobre. En aquel momento vestía discretamente aunque ostentaba las mismas joyas de pésimo gusto que usaba en el club, probablemente auténticas. Se dejaría matar antes que desprenderse de ellas, pensé. Calculé que tendría más de cuarenta años. Hacía quince o veinte que yo no frecuentaba aquellos locales. Por fin dije.
-Pepa, una cosa son unos juegos más o menos atrevidos, y otra lo que te he visto. ¿Qué clase de animal te ha zurrado así?
-Pues uno, Pedro, uno. Todos no son como tú. Ahora viene gente que... No fue nadie que yo conozca. Creo que estaba de paso, no era de por aquí- afirmó.
-Pues yo solo te he hecho una cura sumaria que creo que te servirá, pero casi te mandaría al dermatólogo o al cirujano para que te echen un vistazo. ¡Son unos verdugones profundos, Pepa!
-También tú me pegabas en el culo y bien que te gustaba, -se rió.
-Pepa... -me gustaba el ánimo y el buen humor de aquella mujer que, nacida en un lugar atrasado había tenido que emprender aquel oficio y hecho seguramente una pequeña fortuna precisamente por eso. No era estúpida, pero además tenía buen corazón. Yo lo sabía, pues frecuenté aquellos lugares cuando atravesaba una temporada pésima, con el animo por los suelos, al reconocer la clase de población en que me habían destinado. En tiempos, me gustó físicamente. Aún me gustaba, pero ahora la veía como a una vieja amiga. Pero no obstante era una profesional del sexo muy experta, por eso insistí.
-Pero Pepa, tu sabías elegir a los clientes. Los tíos de aquí son muy bestias, pero los conoces y los sabes manejar. En cambio, eso que te han hecho...
-¡Chist! – se burló Pepa- tampoco el tipo se fue de rositas. ¿Sabes? Era de esos que pega, pero también le gustaba recibir... y una cosa que recibió fue por detrás. El tío me pidió que le diera por culo, entre otras cosas, ¡y vaya si le dí! ¡Como un bebedero de patos se lo dejé! Si aparece, le vas a tener que poner una grapa en salva sea la parte. ¡Que le den! Mira. siguió- el tipo quería, y sabía bien lo que quería. Me pagó mucho, Pedro. No se empalmaba con otra cosa. Bueno- pensó un momento,- él ya debía de venir con esas intenciones.
-¿Ahora hay muchos clientes así?- pregunté.
-Sí. Bueno, quizá no más que antes, no te creas, eso no es cosa de los videos ni nada de eso como cree la gente. Pero es que ahora no hay dinero, Pedro. Las chicas tenemos que aceptar de todo por la crisis o lo que sea que pase ahora. Tú sabrás qué es, yo solo soy una puta, ya sabes. Y este tenía bastante pasta.
-¿Iba solo?- lo pregunté porque los clientes de prostíbulos de los pueblos locales tenían la costumbre de ir en pandillas de dos o tres al menos, y con frecuencia se iban sin hacer nada más que beber una copa estúpidamente.
-Sí, iba solo. Ese tipo de hombres van a lo que van, no a tontear- me adivinó Pepa el pensamiento. Iba bien vestido, no como los de aquí.
-Menos hombre ahora, después de lo que le hiciste...– traté de sonreír aunque comenzaba a inquietarme.
-¡Uh! Para ser médico no sabes nada de nada. ¡Si supieras la de tíos conocidos por aquí, muy machos ellos, a los que les he tenido que hacer lo mismo... Más de uno y más de diez pide que le demos por ahí.
-Sí, sí, Pepa. El sexo es como el chicle, que se adapta a lo que sea, y ahora todo son reclamos pero estoy preocupado por tí. Ese tipo te ha pegado muy fuerte.
-Me dolió mucho, sí- reconoció Pepa. Era un bestia y se notaba que le encantaba...
-¿Era español?
-Con acento sudamericano quizá, o yo que sé. De aquí no era, ni de Madrid. No me preguntes. Un tipo de paso y bien vestido.
En otra situación esto sería para dar parte al forense.
-¡No me vengas con leches, Pedro! ¡Somos putas! Una hace lo que tiene que hacer para ir tirando, y a veces encima dar una propina. Eso y gracias
-Ya lo sé, ya lo sé, Pepa, pero escucha. Hoy hay mucho criminal que ha venido vete saber de donde. No es como hace veinte años. Algunos han estado en alguna guerra, son mercenarios o reparten y consumen drogas.
-¡Vaya novedad, hijo! Pero ya sabes que yo, de eso nada. Solo el tabaco, que no me quito...- Me irrité un instante.
-¡Pepa, no entiendes, con lo lista que eras! Tu club está en la carretera y ese sujeto yo creo que es muy peligroso. No es solo un viciosillo de pueblo. Es seguramente un tipo muy endurecido. Puede ir armado, drogado...
-Tampoco creas que los de aquí son unos angelitos, Pedro. Se chutan de todo, y navaja llevan muchos. Bueno, es natural, por el campo...
-No me refiero a eso, Pepa. Los hombres como el que te ha hecho eso pueden llevar algo más y si es una navaja, saben usarla y no para cortar unas hierbas ¿Comprendes?
-¡Que dramático te pones!- pero tras un instante Pepa reconoció.
-Eres muy listo, doctor. Sí que me dio miedo ese tío. ¡Pero fueron 800 euros contantes y sonantes! Eso no se saca así como así.
-Mira Pepa, no me cuentes...– la alusión al dinero me resultó molesta.
-¿Me estás hablando de psicóticos de esos del cine?
-De psicóticos no. Los del cine son psicópatas. Mira, eso son cosas de las películas, pero aunque yo no soy psiquiatra, no me creo esas cosas y creo que mis colegas los comecocos tampoco saben por donde se andan ni a quién llaman qué. Solo te digo que es mala gente como la habido siempre o peor, y puede volver.
-Me he pasado la vida follando con hombres muy malos, Pedro, me sonrió descaradamente con sus labios, repletos de maquillaje que se había estado retocando.
-Mira Pepa, reflexioné- Voy a consultar con Mariano. Es un psiquiatra joven y bastante al día, no como las antiguallas que teníamos por aquí y – concluí- preguntaré a la policía como haciéndome el tonto, porque me parece que ahí tienes más de un cliente.
¡Uf! Si te contara... pero ya te digo que ahora ya no tanto. ¡Si es que los jóvenes lo tiene hoy esto tirao! ¿Para qué van a ir de putas? Las chicas jóvenes son más putas que nosotras...
-La veteranía es un grado, Pepa- quise hacer un chiste.- Y supongo, que para lo ginecológico y infecciones, te sigue viendo el colega de siempre.
-Sí, con eso siempre he tenido mucho cuidado, ya sabes.
-¿Y con ese tipo?
-Le puse un condón como a todos. Hicimos lo que hicimos. Me dio una azotaina que... ya la has visto, pero eso. Una fusta que dolía... ¡Como las de los caballos!
-Que te pongan una antitetánica en el hospital o donde quieras. Aquí yo no suelo tener, solo hago medicina general.
-¿Crees de veras que hay peligro, Pedro?
-Pues sí, porque si no vuelve ese tipo, por lo que me cuentas, pueden aparecer otros como él.
-Yo no creo, Pedro. Llevaba un cochazo, me dijo Fidel, el camarero. Yo sé que esos señores se desahogan en un sitio grande, Madrid o Barcelona o vete a saber.
No sé, Pepa, sobre todo si se lo recomienda a algún amigo. La sociedad hoy...
-¡Ay mira Pedro, no me largues tú precisamente ese rollo! ¡La sociedad, la sociedad! ¡Siempre está mal y siempre las putas tenemos la culpa! Eso cuando no aparece un político o un gilipuertas de alcalde con ínfulas por velar por la moral! Llevo 30 años de puta desde que me echaron el primer polvo en mi pueblo. ¡No me hables de eso!
-¿Tienes hijos, verdad?
-Tuve dos y los estoy educando en buenos colegios.- nada que ver con el club. Yo no soy una desgraciada como otras. Pero ahora vienen mal dadas.
-Bueno, Pepa, -nos levantamos- Me besó fuerte y me llenó de carmín. Quedamos en eso. Me parece que Eufrasia se va a hinchar de cotorrear. Tengo otros pacientes esperando.
-No tienes muchos. deberías tener más, y una enfermera más guapa ¿Qué tal yo?
-Se me hace tarde, Pepa. Dame un teléfono, un móvil, anda, y tú me dices qué tal andas de tus análisis y si hay algo raro.
-D. Felipe, mi ginecólogo es muy cuidadoso y me lleva hace mucho.
-¡Chist! Pepa, que las paredes oyen. Y ponte la antitetánica ¿eh? Eso no cuesta nada.
-A la orden, doctor, pero tú... ¿te casaste, no?
-Sí, sí, Pepa. Pero no salió bien.
-Oí que tu mujer tenía dinero, porque tú...
Pues sí. Me cegué con eso. Como tú. Es este pueblo. Pero a veces, el dinero se paga muy caro; no quiero hablar del asunto.
Bueno, adiós, doctor, hasta otra, y a ver si adecentamos esta consulta ¿Eh? Unas flores, unos detalles, y no esos cuadros tan horribles que tienes. - Pepa me tocó en la bragueta pícaramente y salió. Cogí el teléfono y llamé a Mariano, el psiquiatra
Al día siguiente, Mariano, cuando ya anochecía, tras su horario normal de consulta, escuchaba mi relato en su despacho. Según avanzaba, me percaté de que no llegaríamos a nada.
El hacía preguntas y más preguntas, un detalle que solía hastiar al paciente ordinario. Esta vez lo sentí plenamente y se lo hice notar al cabo de un rato.
-Mariano, te he explicado mis relaciones con esa mujer y el problema, pero me da la impresión...
-¿Qué?
-Pues... perdona que sea un poco brusco, pero no haces más que preguntas. Todos los médicos tenemos que hacerlas, claro; si hoy se peca de algo es por todo lo contrario, pero muchas veces- seguí- he tenido la impresión de que vosotros, los profesionales de la esfera mental, preguntáis tanto para tratar de aprender algo, porque vuestra ciencia está en mantillas. Eso es muy molesto.
-¿Crees que preguntamos por eso? ¿Y quién no? - respondió Mariano- ¿Tú no lo haces?
-Sí, pero hay un límite. Ante una gripe o lo que sea, se llega a algo con unos pocos datos. Pero vosotros...
-Somos unos ignorantes.
-Creo que no sois ignorantes – dije.- Me parece que es la ciencia que practicáis la que ignora casi todo.- Mariano reflexionó.
-Tienes algo de razón,-repuso, pero para saber de qué va algo tan complejo es preciso trabajar así, preguntando. Aquí, en Psiquiatría, no hay análisis ni glucosas, ni colesterol ni radiografías. Nada que ayude salvo excepciones, claro, pero te diré lo que opino, que es lo mismo que tú: ese sujeto no está bien. Si puede volver o no, como es lógico no lo sé. Desconozco el mundo ese de los clubs de primera mano, como tú, sonrió. No te estoy acusando de nada ¿eh? Pero me es imposible responderte a la mayor parte de lo que quieres saber. Todo lo que puedo decirte- concluyó,- es que probablemente volverá, si obtuvo una gran satisfacción, y eso, parece lo logró, No has escatimado detalles ni se ve que tu Pepa tenga reparos para nada. Pero no estamos en su piel y puede conseguir esos servicios en otro lado.
-¿Pero un sujeto así es normal? ¿No es peligroso?
-No parece muy normal; pero Pedro, te asombrarías de saber las cosas que hace la gente “normal”. Y no hay que marcharse a Madrid o Nueva York para eso. Aquí mismo, en un medio que en gran parte sigue siendo rural, pasan cosas parecidas. No tan truculentas, quizá- reconoció.- Además, es lo que tú dices: en la sociedad actual pueden aparecer otros con los mismos gustos. Por la autovía pasan miles de coches. En este sentido, no sería nada raro y sí te puedo decir categóricamente que estos comportamientos han aumentado.
-No nos basta ya con nada,- reflexioné.
-Los tiempos en que todo era abrirse de piernas una mujer para tener hijos pasaron a la historia hace tiempo, Pedro. Hay medios para muchas cosas, y está bien. Pero a veces, eso se vuelve un arma en contra, aunque reflexionó Mariano- damos por hecho que es un mal tipo.
-¡Hombre Mariano!
-Ya, ya: la golpeó y pidió lo que pidió. No es tan raro. La penetración rectal incluye la próstata, que es una zona muy sensible,- recapacitó.- Ella aceptó y ya sabes que cada cual cuenta las cosas a su modo; la sexualidad es un abismo insondable. Decir qué es normal y qué no es muy difícil.
-Tú no has visto las heridas que traía Pepa- respondí.- A ti te traen al marqués de Sade y lo consideras normal.
-No,- se comenzó a molestar Mariano- aunque seguramente tipos como Sade había muchos en su tiempo, en la nobleza y fuera de ella. En todo prostíbulo había látigos, azotes...No es nada nuevo, sino viejísimo. Si ya hay una muerte o una lesión importante, ya es otra cosa. No creo ese marqués estuviese muy centrado, y el hombre que me dices tampoco. Pero viven entre la sociedad. A la mayor parte no se los detecta.- Mira, -concluyó,- tenme al corriente si sucede algo y yo haré algunas averiguaciones con otros colegas,- pero yo negué con la cabeza.
-No me dices nada, Mariano, no me ayudas.-El suspiró.
-Mira Pedro, hace ya unas cuantas décadas alguien bastante observador dijo de un ministro inglés, que era homo o bisexual, que aquel hombre tenía las dos tendencias porque era más brillante y completo que otros. Esto- prosiguió,- no son ideas para irlas difundiendo en este pueblo, claro, pero creo que tú puedes comprender.
-Pero ese ministro no era un criminal.
-Pero en la Roma antigua, Nerón o Tiberio sí, por poner ejemplos sonados. Un hombre con esas tendencias opino que puede ser peligroso o no. Eso es aparte.
-Pues este lo es.
- Mira, sencillamente ocurre que está acabando una época en que todo eso era tabú. No ha acabado de momento, pero sin duda estamos en un tiempo de transición; atravesando una época en que se derriban las costumbres tradicionales.
-Lo que quieras, Mariano, pero ese tipo es peligroso. Y no es Tiberio ni un sultán. Es un sinvergüenza y seguramente peligroso.- Mariano me miró de hito en hito.
-Estás separado, ¿verdad Pedro?
-Sí.
-Pues a esa Pepa no sé lo que la ves, pero puta o no, creo te ha dado fuerte, y no con el látigo, creo. ¿Acierto? – Bajé la vista.
-No creas. Pero es que... en cierto modo me ayudó en tiempos. Estoy bastante solo, Mariano.
-Eso ya se echa de ver. -Nos despedimos en esta tesitura.
Pero al fin y al cabo, recapacité una vez en la calle, no debía nada a Pepa y, sobre todo, poco podía hacer. No confiaba en que Mariano pudiese hallar datos de valor práctico salvo para alguna publicación profesional.
La policía tampoco me inspiraba confianza para un caso así. No solían ser útiles hasta que ya hubiera sucedido algo. Además, sabía que a las prostitutas no les gusta y aquello podía ocasionar un registro o un escándalo que no condujese a nada salvo a muchas molestias, y a aquellas mujeres eso les sobraba.
Realmente- recapacité-, es ese cerdo el que tiene que mover ficha. Si no, todo es humo. Pero no es de desear que la mueva.
Sin embargo, la policía tenía datos más objetivos que los de Mariano.
-Eso corresponde más bien a la Guardia Civil porque está en una carretera. Pero es cierto -me dijo confidencialmente un joven subinspector- hay un incremento de criminalidad y de tipos que llevan armas y droga y mujeres también. Organizan peleas ilegales, de hombres, de perros y de todo, con desgraciados, inmigrantes... Dentro de 20 días hay aquí una pelea de “aficionados”. Un combate de boxeo de negros, sudacas o vaya a saber. Tienen el permiso en regla, pero tendremos que vigilar eso. La gente anda, o andamos, muy mal de dinero y se nota. Por la crisis inmobiliaria y por muchos motivos, pero el caso es que se ha detectado.
-Gracias- respondí.
-Doctor, nosotros con las furcias no nos metemos si no ocurre nada de particular. Pero si sabe vd algo tiene que denunciarlo.
-No ha pasado nada. Era solamente curiosidad- yo le había contado la historia muy sucintamente- aunque el subinspector sabía que yo sabía algo más, pero no me presionó. No era trabajo lo que debía faltarle, pero de pronto, él siguió.
-D. Pedro, es vd un despistado, me llamo Javier; también practico deporte. Boxeo y karate en plan aficionado. Vd. me ha revisado alguna vez.
-¡Ah sí!, me sonaba tu cara. Me llevaste en moto a ver aquella exhibición.
-Y el miedo que pasó vd…- rió el.
-No me hables: me aterra ir en moto,- las risas de Javier aumentaron.
-Pues tenemos otra competición próxima. Bueno, dentro de unos 20 días. No es de la policía esta vez, pero me gusta… Como le digo, vendrá gente de todo tipo, teloneros… este es un pueblo de poca monta para un espectáculo bueno.
-Pero Javier, el boxeo es una cosa de los años 40... Médicamente es una brutalidad.
-Yo no corro peligro, doctor. Peleamos con protección y nos nos va nada en el asunto. Ahora, los desgraciados que llegan como en un circo ambulante… ya le digo, negros, moros, parados... Sin preparación ni protección ni nada. Explotados por esa gentuza.
-¿Y peleáis en la misma sesión?
-Pues claro, aquí solo hay la plaza de toros. Se aprovecha la ocasión. Esto es pequeño. Nosotros hacemos una exhibición, y ellos salen después. Lo de esa gentuza suele acabar en bronca- recapacitó Javier- entre los combates y la gente del pueblo. Se bebe y se hace de todo, y no se pueden poner puertas al campo. Las fiestas de estos pueblos son así.
-Bueno Javier, soy médico, pero soy una persona y como te digo una cosa te digo otra: hay gente que acabará atontada por los golpes, pero hay que comer. Algunos compañeros míos eso no lo ven. La sociedad bienpensante. Es como lo de las prostitutas. No creo que les guste, sin embargo, han de vivir de algo. Pero si uno puede evitarlo…
-¡Prométame que vendrá a verlo D. Pedro!
-No sé… ¡Pero en moto no me llevas! ¿eh?
-Es Vd. muy miedoso, doctor.
-Sí, soy un cobardica, qué le vamos a hacer. No como los policías de la tele…- me burlé y Javier se rió otra vez.
-Seguro que si tuviera que pelear, le sobrarían arrestos, D. Pedro,- esta vez me reí yo.
-No me sobra de nada, y arrestos, menos aun. Anda: ve tú a arrestar a alguien y déjate de peleas, -ambos teníamos prisa, pero antes, Javier me recordó.
-Y ya sabe, doctor: no se meta en ningún lío. No soy tonto. Si sabe Vd. alguna cosa… mejor es prevenir. ¿No dicen Vds. eso?
-Sí, pero no es nada. Nada que yo sepa. Es por si acaso, como tú dices.
-Ya, - nos dimos un apretón de manos y me marché.
Pero caí en la cuenta de que en mi apresuramiento, no había preguntado a Pepa cómo era aquel tipo físicamente.- La llamé al móvil. Estaba ocupada y me costó bastante hablar con ella.
-¿Sigues preocupado, Pedro? Esto está tranquilo; digamos que normal.
-Me hablaste de un coche lujoso, pero ¿cómo era ese hombre, Pepa? He caído en la cuenta al hablar con unos y con otros, sobre todo, la policía.
-¡No quiero policía, Pedro!
Ya lo sé. No te preocupes. Dime...
-Pues nada de particular... alto, bueno, sobre 1,75, un poco calvo, rubiajo, unos 45 años, como yo... Era delgado pero estaba en forma. Era fuerte, como de hacer ejercicio en serio, no como los chavales de ahora. No era gordo. 70 kilos pesaría.
-¿Ojos, nariz?
-Nariz un poco larga, recta, cara chupada, ojos... no sé qué color, ya sabes que aquí no usamos mucha luz, pero mirando furtivo todo el rato que no estuvimos en faena. Un aspecto un poco de rata acorralada. Una expresión fea con labios finos. olor a tabaco fuerte aunque no lo ví fumar. Y a whisky, pero tampoco bebió. Se le notaba precavido con eso.
-Bueno, -respondí,- ese puede ser Juan Nadie. ¿Y tú qué tal estás? –
Bien, bien- Pedro, tengo que dejarte. No te preocupes tanto,- colgamos a un tiempo.
-Nada de nada,- pensé para mí nuevamente. ¡Bah!, me estoy preocupando demasiado, y es que como aquí nunca pasa nada...
Y nada ocurrió hasta pasados 15 días. Entonces...
Un muchacho de unos 21 años, bien conocido en el pueblo, acudió a mi consulta para un reconocimiento general acompañado por su padre. Ello me extraño.
-Yo no hago reconocimientos para armas ni carnet de conducir,- dije.
No es eso,- dijo el padre.-El chico tiene un combate. Una pelea de boxeo. Habrá visto los carteles.
-Sí, lo sé y no me gusta. El boxeo no es conveniente, ¿sabe?
-Pagan un dinero- dijo el muchacho.
-¿Cómo te llamas?
-Jose.
-Jose Martínez, - dijo su padre
-Bueno, Jose, lo entiendo- me encogí de hombros- Si es lo que quieres, es tu vida. Pero te recomiendo cuidado.
La auscultación y el ECG eran normales así como los reflejos y unos análisis sumarios que puedo realizar con un aparato compacto.
-Todo es normal.-Pero el joven estaba triste y su padre, serio.- No parece que te entusiasme la idea de pelear, dije.- ¿Es en la plaza de toros, ¿no? –
Si...
-¿Ocurre algo?- pregunté.- Algo que hayas olvidado contar? Mira que el boxeo es muy peligroso. Es mi deber advertírtelo como médico.
-Ya lo ha dicho vd. ¡Ya lo sé!
-No sé que le pasa,- intervino el padre.- Estaba contento con la pelea. Es fuerte y ganará una buena pasta.
-¿Quién paga?
-Pues una gente que va de acá para allá. Como en la feria. Los conocí en un bar |
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Los conocí en un bar de carretera. En el campo no hay nada que hacer, no hay trabajo. Una pelea con un moro...
-¿Es una empresa conocida? ¿Ofrece garantías al menos, ya que te arriesgas?
-No.
-Pues la verdad, -repuse- yo he acabado mi trabajo. Mi enfermera les entregará el informe y les cobrará. –Pero el joven se echó a llorar silenciosamente ante el asombro de su padre.
-¡Pero Jose!
-¡Déjanos, padre!- Este salió tras titubear. Estaba atónito.
- ¿Qué ocurre, Jose?
-El tipo que me contrató. ¡Era un cerdo! Me dio dinero. Fuimos a un hotel de carretera y me empezó a sobar...
-¿Os acostasteis?
-No tuve más remedio. Es mucha pasta ¿Sabe? No me asusta el combate. Pero ahora soy un maricón.
-Jose...
-No diga nada a mi padre, ¡No lo diga a nadie!
-Jose, no voy a decir a nadie. Tú verás lo que haces. ¿Te han adelantado dinero?
-Un poco, sí.
-Jose, eres un adulto. Si antes tenía muchas dudas, ahora te lo prohíbo. Por cuestión de salud pública. Tienes que hacerte unos análisis complicados que llevan tiempo. Yo no puedo realizar eso en esta consulta. No es solo tu salud: si estuvieses enfermo, podrías salpicar de sangre al otro o a |